Llegó el miércoles, día de entrenamiento de volibol, debo confesar que no tenía muchas ganas de asistir, estuve a punto de tirarme en la cama a leer o a escrolear para posteriormente abandonarme en los brazos de Orfeo y dejarme llevar al extraordinario mundo onírico.
Algo me impulsó a resistir esa desgana, me metí a bañar, me puse la ropa deportiva y me dispuse a ir.
Ya estando en la cancha aún no me sentía tan segura de querer moverme tanto, y es que hay ocasiones en las que siento que mi cuerpo requiere recuperar la energía que pierde en pláticas vacías que me desgastan y alentan mis sentidos.
Días en los que necesito reposar, hacer nada, existir nada más.
Cuando empezaron los ejercicios me dije que había que hacerlo, así que lo intenté, sin exigirme demasiado.
En este día hubo tiempo de jugar y los entrenamientos anteriores me ayudaron mucho en mi seguridad.
En la universidad jugaba volibol con mis amigos e incluso ganamos una copa pero nunca entrenábamos, así que yo no hacía mucho, la verdad.
El volibol es mi deporte favorito y es muy especial porque llevo jugándolo desde la secundaria y ahora, ya de adulta, muy adulta, he recordado lo mucho que disfruto practicarlo.

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