Llegas del funeral, cansada, agobiada y con mucha sed. Vas a la cocina, abres la gaveta que está justo encima del agua y la ves, la taza de mamá, no cualquiera, su favorita, porque tú se la regalaste; y es en este instante en que el mundo se te viene abajo.
Tantos trámites a raíz de su muerte no te habían permitido iniciar el duelo, pero ahora, en la soledad y el silencio de su casa, mirando su taza favorita, te llegan los pensamientos devastadores, nunca más la verás tomar su café en ella, nunca más escucharás su voz por las mañanas mientras desayunan juntas y se te inundan los ojos, las lágrimas salen a ríos sin pedir permiso y el vacío se apodera de ti, sientes la orfandad, una desolación enorme.
Eran inseparables, hacían todo juntas, era tu gran compañera de vida y de pronto, ya no está más, se fue y te dejó en este mundo que siempre te ha parecido demasiado. Con todo y este pesar, tomas la taza entre tus manos, la observas como cuando la elegiste para ella, y recuerdas aquel cumpleaños, hace más de 10 años, cuando se fueron juntas a ese lugar de ensueño, te vienen los recuerdos de cómo empezaron a organizar ese viaje, el ahorro, la compra de los boletos de avión, las maletas que casi no pasaban en la promoción, el vuelo, la llegada, la visita a esa magnífica cascada, los paseos, las fotos, las risas; tantos momentos de felicidad que compartieron.
De pronto piensas que a lo mejor todo esto es un mal sueño y sólo debes dejar que continúe para despertar y empezar el día con su rutina diaria, así que dejas la taza en su lugar, tomas un vaso de vidrio, lo llenas de agua, te la bebes, lo dejas en el fregadero, te vas a tu cuarto y te tiras en la cama a dormir.
Pasan 16 horas, despiertas y sonríes, mamá te visitó, te dijo que está bien, en paz, y que ahora sí podrá estar siempre contigo; también te dijo que a tu lado fue la mujer más feliz, te agradeció por ser su hija y por todo lo que vivieron juntas, te abrazó y aún puedes sentir ese calor de sus abrazos, ese olor a frutas que despedía, incluso te sientes reconfortada, como todas las veces que te abrazaba.
Estás en paz, mamá se fue pero te dejó las lecciones de vida más importantes, sus enseñanzas, sus mejores momentos juntas y, por supuesto, su taza favorita que, de ahora en adelante, será tu favorita en lo que llega ese momento de reunirse de nuevo en el más allá.

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